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Plutón en Capricornio: La Revolución del Hambre

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Extraordinario es aquello que no sucede de corriente. Extraordinario es lo que quizá nunca ha sucedido. Extraordinario es aquello que hemos olvidado y que un día regresa. Extraordinario no es una invasión extraterrestre, sino flores creciendo entre la basura...
Alejandro Fau | Plutón en Capricornio: La Revolución del Hambre

No suele preocuparnos en demasía el estado del Mundo, las Guerras y las Crisis suceden muy lejos, y si nos quejamos, como diría mi abuela, lo hacemos de llenos y casi nunca por algo que valga la pena. Vivimos en nuestro pequeño mundo, tan pequeño que apenas cabemos en él, y basta con eso nomas para que ilusionados ya nos creamos ser lo más importante que existe. Es que no tenemos tiempo, nos decimos para ni siquiera pensar en otra cosa. Que los chicos, que el trabajo, que la suegra metiche, que la fiesta de Ana Paula, que qué corno me pongo para el casamiento de Gonza, que la mucama no vino y no puedo ir a yoga, que la Tarjeta, que el Auto y tantas tantas otras cosas que... en fin, que nada. “Que sí, sí, que ya me enteré que Plutón entró en Capricornio, pero apenas me dijeron que era algo “transpersonal”, que le pasaba a todo el mundo, dejó de interesarme. Que sí, sí, que se caen las bolsas mundiales, que la economía global se va a los caños, que las estructuras de Poder se despedazan, pero... pero eso pasa en otro mundo y no en el mío, querido, quizá le pase a los vecinos, que son unos que bueno, bueno, pero no a mí. Que nada, que nos lo tomamos como una cosa más y chau, o... mira, es algo así como un nuevo impuesto al cual te acostumbras y todo después sigue como si nada. Sí, te achicas un poquito más pero nada más... sí, sí, quizá tenga que dejar Feng Shui o Tai Chi u Holotrópica (después de todo los Mantras o el Tarot son una chantada, pero son más baratos que un buen psicoanalista), o de comprarme tanta pilcha, o que en vez de ir a Miami me tenga que ir a Pinamar, pero nada, algún otro ya lo arreglará ¿O para qué los votamos? Para que se hagan cargo ¿no? ¡Qué laburen, mijito! ¡Qué laburen, que para eso están!... Que...¿qué? ¿qué vecino? ¡Pero que haga su vida el vecino! ¡A mí qué me importa lo que le pase al vecino! ¡Es “su” problema, bastante tengo yo de qué ocuparme!... ¿¡Y eso!? ¿Otra vez el cacerolazo? En el Face no dijeron nada... pero, che, escucha... parecen... parecen tiros ¿no? Mejor cierro la ventana... Subí la música ¿Viste qué linda? Me la trajo Fede de la India... ¿querés un té? Mira que es Chino, pero Chino de verdad ¿eh?...” Lo escuchamos todos los días.

bar-code-01Seguimos con nuestras vidas haciendo cosas que si las pensamos, son absurdas. Mandamos a nuestros hijos a la escuela no para que aprendan a pensar, o para que aprendan a descubrirse y desarrollarse en sus capacidades y deseos propios, o para ser solidarios y ayudar a otros y que otros los ayuden en alguna realización para el bien común; los mandamos para aprender a competir, para ganarle a los otros, para trabajar muy duro y más allá de sus posibilidades para satisfacernos a nosotros y a nuestro modelo social, porque los mandamos a sufrir y a aprender a obedecer para que finalmente sean lo que todos hoy esperamos de ellos: No individuos, sino unas obedientes y eficientes máquinas que sirvan a este falsamente moderno y civilizado mundo en que vivimos. Este mundo para pocos, para muy pocos y en verdad para cada vez menos, porque ya las mayorías no pueden satisfacer los delirantes deseos de toda esa minoría desbocada y caprichosa de la que nos empecinamos en ser alguna vez parte siguiéndoles el juego. “Seguí participando” siempre nos sale en la raspadita y allí vamos, desde hace siglos tomando la posta de nuestros ancestros y pasándole el testigo a nuestros descendientes perpetuando así el asunto. Porque así fuimos “instruidos” nosotros, y no “educados” como falsamente creemos, porque así es como debe ser... porque así nos dijeron que era, nuestros instructores, gobernantes y sacerdotes aterrorizándonos desde pequeños con infiernos, castigos y caos si lo hacíamos de otra manera. Si las mayorías pierden derechos está bien pues, nos dicen, siempre es por el bien de todos; pero si las minorías pierden privilegios eso está muy pero que muy mal, nos dicen, porque atenta contra nuestra civilización y cultura largamente instituidas. A nivel personal, los otros son la mayoría y nosotros mismos la minoría y es la supervivencia del ego por encima de todo de lo que hablamos, no importa si es de modo personal o sociológicamente hablando, pues siempre es la misma básica estructura ¿Tan difícil es de ver? No, no es tan difícil de ver ni tan complicado llegar a entenderlo, salvo que, de hecho, la mayoría de las acciones que se emprenden a niveles de conducción social o espiritual por parte de esa minoría de la que hablamos son para tratar de ocultarlo, invisibilizarlo o para distraer la atención de las mayorías para que no piensen siquiera en ello; para que todo pueda seguir igual a como siempre fue, y siga por siempre jamás... ¿Por siempre jamás? Sinceramente yo no lo creo, y parece que Plutón tampoco... Todos los Imperios caen tarde o temprano, siempre. Por una u otra causa, pero siempre caen. O porque un Imperio mayor los derrumba por medio de la conquista, o por causas de lo más naturales. La historia nos habla sobradamente de ello. En la actualidad, en donde vivimos gobernados por un Imperio Económico verdaderamente globalizado aunque nos resistamos a verlo así cegados como estamos por falsos nacionalismos, la posibilidad de ser conquistados y absorbidos por otro mayor está descartado. Salvo, claro está, por las hipótesis esgrimidas por mentalidades alucinadas que esperan ver descender los platillos volantes de algún Imperio Galáctico que ponga fin a ésta locura y solo para sumergirnos en otra aún mayor que siga y perpetúe este mismo esquema egoico... idea por demás carente de creatividad, propiciada segura y eficientemente por los mecanismos Lunares que solo saben repetir. Nos queda solo pues, la hipótesis del derrumbe natural que, si la analizamos seriamente y con los datos objetivos de los que ya disponemos, es quizá la más probable aunque no nos guste nada...

Imperial-fallLos factores naturales que han llevado a la caída de los imperios en la antigüedad han sido, fundamentalmente, climáticos. Prolongadas sequías o inundaciones han hecho que esos núcleos económicos colapsaran o se disolvieran por medio de la migración masiva de sus integrantes hacia nuevas formas de administración más adecuadas a las circunstancias reinantes, o simplemente disgregándose hacia otros territorios no explorados en busca de nuevas oportunidades. Claro que en aquellas épocas ésto aún era posible, ya que el mundo era grande y bastante despoblado y, en el peor de los casos, uno podía marcharse a otra parte para integrarse a otros núcleos societarios o para generar uno nuevo basado en la misma estructura que el de origen. Hoy en día esto es ya imposible. Por un lado todos hemos visto las consecuencias del Cambio Climático Global, más allá de quién tenga la culpa o no, que viene provocando, justamente, enormes sequías e inundaciones en sitios por demás inesperados y afectando claramente la producción de alimentos; por otra parte también podemos observar las brutales alteraciones del entorno natural provocadas por el accionar humano en nuestro irresponsable manejo de los recursos a fin de poder sostener nuestra “civilización” tal y como la concebimos ahora y como tratamos desesperadamente de mantener y perpetuar. Si a esto le sumamos el factor ecológico problemático más importante de todos en niveles de sustentabilidad, la superpoblación que padecemos como especie, el colapso ya es, de por sí, inevitable. Inevitable si lo pensamos en términos humanistas, cosa bastante alejada de la mentalidad general actual a nivel de dirigencia planetaria, ya que pretende solucionarla lisa y llanamente con seleccionadas masacres. Masacres llevadas a cabo por los ya remanidos instrumentos de la guerra, la opresión y el hambre. Desde el punto de vista de Platón, la Democracia desemboca indefectiblemente en la Tiranía y a ojos vista parece que su axioma está a punto de cumplirse. No hablamos ya del modelo de tiranía en la que él mismo se refugió allá en Siracusa, que era más humanitaria que la incipiente e imperfecta democracia de la cual huía, sino de la más terrible que pudiéramos llegar a imaginar. Pues no estamos ya en condiciones de marcharnos a otra parte. Nuestra tecnología actual nos impide migrar con éxito hacia otros planetas habitables y estamos muy lejos, económica y tecnológicamente, de generar espacios auto-sustentables en los cuerpos celestes más cercanos o en la órbita terrestre, ni siquiera estamos en condiciones de construir naves lo suficientemente grandes y seguras, o en número suficiente, para transportar a la cantidad necesaria de personas que haría falta llevar hasta allí para garantizar la supervivencia de todos. Nuestra situación es comparable a la que le tocó en suerte a la civilización que habitaba Rapa-Nui (La Isla de Pascua), que estaba muy lejos de todo y con tecnología insuficiente para migrar o afrontar el desafío de la falta de alimentos debido a condiciones climáticas adversas, sostenidas por un período más o menos prolongado, y una explosión demográfica absolutamente descontrolada: Se extinguió. ¿Terminaremos nosotros igual? Hay gente en la ONU que piensa que sí. Claro que son técnicos sin ninguna influencia, sobre todo cuando opinan totalmente diferente de los que en verdad deciden (léase los Mercados Financieros Mundiales).

FAOHace cosa de un par de semanas la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) culminó su informe 2012 sobre el Hambre y el Riesgo de Inseguridad Alimentaria Mundial, en su elaboración se emplearon innumerable cantidad de estudios, datos y estadísticas realizadas por ellos mismos más las aportadas por los gobiernos que tienen representación en el organismo madre (la ONU). Las conclusiones son francamente malas pero el informe mantiene un espíritu alegre y confiado debido a las buenas acciones que de seguro tomarán los gobiernos para revertir la situación; parece el argumento de una mala película Hollywoodense por lo meloso e increíble del discurso, mas, pese a eso, cualquiera que se tome el trabajo de leer la documentación completa incluidos los estudios particulares, estadísticas y datos crudos simplificados (unas 2.000 páginas apróx.), se da cuenta que la versión que pinta el informe, pese a no ser buena, es falsamente optimista, sesgada y absolutamente parcial abusando de las estadísticas y malversando sus mecanismos con el fin de incluso mostrar ciertas mejoras esperanzadoras; mientras que la realidad, y las proyecciones que pueden trazarce a partir de ella, son francamente aterradoras. Lamentablemente los políticos con nivel de decisión para implementar medidas a escala nacional, regional o planetaria (desde presidentes a subsecretarios, pasando por todo el rango de ministros y parlamentarios en general más sus asesores técnicos), solo leen el resumen brindado por el organismo, que viene con muchas bonitas fotografías y gran tipografía para facilitar su lectura, y que consta de solo 18 páginas en donde se dice solo lo conveniente a quien solicita el estudio: El Banco Mundial... y no es de extrañar pues que las cosas sigan en adelante empeorando aún más aceleradamente que hasta ahora.

hambreSegún el informe del Hambre de la FAO, hay en nuestro planeta -según datos tomados hasta 2010 y proyectados de manera optimista hasta hoy- la friolera de 870 millones de personas con grave sub-nutrición crónica (irreversible). Esto representa aproximadamente el 15% de la población mundial que, literalmente, se morirá de hambre en poco tiempo. Pero a no entristecerse prematuramente, ya que serán reemplazados por muchos más en igual o peor situación muy brevemente, ya que no dejamos de crecer como población cada vez más y más rápido... Para que tengan una idea de ésto que estoy diciendo tengan en cuenta estos simples datos: En el año 1800 (inicios del siglo XIX) la población del mundo ascendía a menos que esa cifra, solo 800 millones de personas. Ciento cincuenta años más tarde, a mitad del siglo XX, en el año 1950, la población mundial era de 2.500 millones (y bastante más de la mitad ya habitaban solo en China e India), y hoy en día, en 2012 (apenas 62 años después), los humanos en el planeta sumamos 7.000 millones. En los últimos 250 años, durante el último período Plutoniano si vamos al caso, se decuplicó la población planetaria, y todo gracias a las bondades del capitalismo que arrancó allá en su último ingreso a Capricornio. Por desgracia nuestros recursos económicos, especialmente los alimentarios, no crecieron en la misma medida. En el mismo período acabamos con la mitad del total de la superficie boscosa del planeta impulsando la industria, la minería y ganando áreas de cultivo y pastoreo de ganado, aunque el 10% de esas tierras quedaron inutilizadas por la desertización provocada, y acarreando un más que sustancial deterioro del aire que todos respiramos. Ni hablar de la aberrante merma de la biodiversidad producida por nuestro, a partir de allí, desenfrenado estilo de vida. Estilo que hoy día seguimos sosteniendo y que procuramos fantasiosamente incrementar día a día hacia el futuro. Fantasiosamente, porque solo tenemos un planeta y con recursos cada vez más limitados. Los datos de los estudios realizados por la FAO, por ejemplo, señalan que la campaña agrícola 2011-2012 fue la peor de los últimos 40 años, y se produjo un 20% menos que lo consumido en el mismo lapso. Las reservas mundiales de granos cayeron estrepitosamente, y de los 107 días que podían sustentarnos si sobrevendría una catástrofe hoy solo alcanzan para mantenernos durante 74. Siempre y cuando podamos distribuirlas adecuadamente, cosa que estamos muy lejos de poder lograr actualmente. La brecha entre los alimentos que producimos y lo que consumimos se hace cada vez más y más ancha, y esto solo puede significar una cosa: Habrá más y más hambre a medida que pase el tiempo.

La gran pregunta es ¿Qué hacemos y para quién? Una tendencia de los seres humanos ampliamente observada y debatida desde un punto de vista ético es la concesión de mayor valor a las necesidades de las generaciones presentes que a las de las generaciones futuras. La expresión práctica de eso se llama Capitalismo tal cual lo conocemos y como lo llevamos adelante desde hace dos siglos y medio, y muy conscientes de las consecuencias que ello tendría. El mismísimo padre de la criatura, Adam Smith, lo expresó claramente: “A largo plazo, todos muertos”, pues bien, ese largo plazo está venciendo, ya casi está aquí y debemos hacer algo. A nivel político las propuestas son muy claras, los países desarrollados invaden a los que están en vías de desarrollo para apropiarse de sus recursos con excusas diversas y disparatadas y niveles de violencia cada vez más elevados; masacran a su población más problemática en el camino y explotan de ahí en más al resto como esclavos socio-económicos tratando de mantener el sistema hasta último momento, digamos unos veinte o, como mucho, cincuenta años más... o hasta que esa minoría dirigente, y tal vez sus hijos, muera feliz rodeada de pornográfica abundancia y lujo, y después... bueno, a ellos no les importa nada del después, el sistema no fue concebido para pensar nunca en el después o, si lo pensó, no le importó. Lo único importante siempre fue la infantil inmediatez de la satisfacción personal, la tiránica sumisión de los otros a los caprichosos deseos del ego. Reprendemos a nuestros niños pequeños, e incluso los castigamos, cuando tienen esas mismas actitudes con nosotros; pero nos negamos compulsivamente a ver que nosotros mismos actuamos de ese modo, no tan grotescamente claro sino de modos más sutiles, porque nuestro sistema socio-económico necesita que seamos así para poder funcionar adecuadamente y seguir sobreviviendo. Mientras queden recursos, claro, luego no faltará el escorpiano que proponga un alegre resurgir del canibalismo como solución a todos nuestros problemas alimentarios.

compartirHoy en día hablamos de sensibilidad y solidaridad con una liviandad que asquea. Creemos ser buenas personas porque aportamos a Greenpace, o compramos tarjetas navideñas de la UNESCO, o en lugar de arrojar a la basura aquellas cosas que merecen estar allí las enviamos a CARITAS o al EMAUS junto con el vuelto del supermercado generando fabulosos fondos que solo se invertirán en siderales sueldos de sus funcionarios y para pagar las vacaciones de obispos con sus amantes en el Caribe o la Polinesia. Lavamos nuestras culpas de ese modo, con un gesto compungido y ademán admonitorio que nos permitirá dormir tranquilos y desentendernos del problema que nos concierne a todos volviendo luego a nuestro esquizofrénico discurso y acciones cotidianas con la satisfacción del deber cumplido. Nos creemos de igual modo buenos y democráticos ciudadanos solo por el hecho de ir a votar a alguien que se haga cargo de solucionar nuestros problemas, pero que siempre tan solo se ocupará, con suerte, de solucionar los suyos propios. Miramos hacia el costado esperando que el tiempo pase y las cosas se solucionen solas o que otro se haga cargo. En todo el mundo la gente se va dando cuenta que ésa no es la respuesta, sale a la calle y reclama lo que le corresponde, sale a la calle y las únicas soluciones que se le brindan son palos, bombas y balas. Estamos a las puertas de una nueva Era, una Era que conlleva la involucración de todos en los asuntos de todos de modo indelegable. Pero no de modos complejos sino simples, no de enormes planes globales sino de pequeñas acciones directas y tangibles, no de elevar muros que encierren cada vez más las egoístas individualidades sino de abrirnos más al sentimiento de pertenencia colectiva tendiendo la mano en lo que podamos allí donde hace falta. Pues cuando el hambre avanza no hay razones, cuando está en juego la supervivencia aflora el instinto y no hay promesas que puedan oponerse a esos estómagos vacíos. Sí, en éste contexto la guerra es inevitable. La lucha por el espacio y la comida nos presiona más allá de toda lógica a emprender acciones que nunca hemos siquiera imaginado. Vivimos tiempos extraordinarios en situaciones extraordinarias que confrontan y obligan a realizar a nuestra entera consciencia, y cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano solo cabe una natural salida, es la revolución. Hoy la revolución no es algo que implique necesariamente una acción sangrienta, hoy revolución es simplemente tender la mano y abrir el corazón; revolución ya no es arrojar bombas Molotov y saquear supermercados, revolución social, en nuestro actual contexto histórico como especie y en términos de la propia individualidad, es aprender a compartir.

2 Comentarios

Graciella Coniglio (4.Nov.2012 @ 22:38 gmt) dijo,
Sencillo y claro. Quién quiera ver que vea, quién quiera oír que oiga...
Gracias!
gfroyen@gmail.com (4.Dic.2012 @ 16:03 gmt) dijo,
Contundente.