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Hacer el Bien

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Los cuentos como espacio para visualizar la psique y profundizar en el simbolismo astrológico.
Eli Serebrenik | Hacer el Bien

Les propongo que lean el cuento de corrido y luego, más tarde, vuelvan sobre él, cotejando la interpretación de imágenes que aparecen numeradas al pie de página.
No es un análisis de la carta de nadie en particular, aprovecho mis cuentos y mi mandala energético para mostrar otro tipo de asociaciones en las que se puede comprender este misterio que es la psique humana, a través del lenguaje astrológico.
También pueden hacerse otras lecturas, desde otro lugar, incluso astrológicamente hablando.
Como todo Mandala, el zodiacal contiene diferentes proporciones y vínculos entre símbolos que a veces no son evidentes en una lectura convencional, pero si uno se coloca en posición de entrar más profundo en el universo psíquico, unido al hecho de pertenecer a la especie humana, el narrador resulta portador de muchas variables, y el arte y lo lúdico permiten facetas de expresión ilimitadas.
Ya sea participando de la creación a través de su lectura, observación, danza, escucha o manifestando uno personalmente ese universo interior que es de todos.
Cuando vamos al teatro, cine o elegimos un libro, estamos participando de mundos que nos reflejan en alguna faceta, porque cada expresión personal es un fragmento de la totalidad del inconciente colectivo.
Escribir, pintar, actuar, hacer música o danzar, permite entrar en un plano mítico, onírico, o deseante, de profundidad desconocida, hasta que nos entregamos a su devenir y lo disfrutamos, sufrimos, tememos, deseamos. Y jugamos en él.




HACER EL BIEN (Cuento)

Estoy mirando la arena seca y esculpida por los pies de los veraneantes. Hay un angosto sendero de tablas, conmovedor en su precaria comodidad. (1)

Los mejores sueños, los más ardientes, tienen desde mi infancia su escenario en los médanos de esta playa.
Creo que la vida me está abandonando de a poco, un llanto que no surge, un niño que me remite a cachorro de humano en crecimiento, dándome una suave ternura como los gatos o los pollitos, nada personal.(2)
Las plantas, afortunadamente, siguen generándome devoción. No sé por dónde ni hacia qué lugar se está retirando mi energía vital, ni hasta qué punto llegaremos, si es que llega a detenerse, o acaso si es posible un retorno. (3)
Todo transcurre de dos maneras claramente diferentes:
Una es como si “Yo” fuera no mayor que una lenteja y viera todo a través de los ojos, pero desde tan adentro que no siento nada.
La otra es como si “Yo” fuera el horizonte, así de enorme e intangible y las cosas cotidianas ocurrieran allá lejos, en lo que parece ser la costa llena de puntitos que se mueven.
Me mantengo viva, con todo lo que esto supone, pero nada más. (4)
Siento placer cuando me quedo echada, acurrucada en la cama con los ojos cerrados mirando luces y formas sin sentido, o con los ojos abiertos que miran la habitación desconcertante y a veces temible, desde el fondo de esa extraordinaria función que es “La Lenteja”. (5)
No tengo entusiasmo ni lo necesito. En ocasiones consigo llevar adelante algún proyecto que no quita ni agrega nada verdaderamente importante a mi entorno.
¿La muerte es contagiosa? Me estoy muriendo, algunas veces más que otras.
Me muero con dedicación, con miedo, con bronca.
Remonto mi atención atenta como si fuera un barrilete y voy subiendo despacio y tambaleante llevada por el viento. Una vez arriba miro hacia abajo y me da una arcada, pero, para mi sorpresa, el espasmo le ocurre a la garganta que está ubicada en mi cuerpo. “Yo Lenteja” salió por la coronilla y ni se entera. (6)
Si abro los ojos en ese momento la sensación es horrible: la lenteja flota con toda mi intención expectante ahí arriba, y los ojos del cuerpo miran dónde se encuentra, y eso es impredecible: puede ser en un teatro en tercera fila, en una celebración familiar en la que justo alguien me pregunta -¿por qué me miras así?, trae mas pollo-.
Lo verdaderamente aterrador es volver a meter a la lenteja dentro del cráneo.
Es lenta y empieza a bajar de la misma manera en que subió, despacio y vacilante; se acomoda entre mis cabellos, pareciera que se fuera a quedar allí, lo cual me desespera porque jamás puedo prestar atención a nada si no tengo esa integradora función adentro; hasta que por fin atraviesa mi cabeza, recupero la sensación de confortable encajonamiento que me produce la civilización y voy a buscar más pollo o miro las gaviotas o lo que corresponda… (7)
A veces me impresiona darme cuenta de que estoy viva, pero no en el sentido dramático o poético, ni siquiera heroico; miro con la lenteja, que sólo es consciente de una gran perplejidad, y noto que todo el envoltorio biológico está tendido sobre la arena, bajo una sombrilla. Entonces entre la admiración y el terror a lo desconocido, miro las aves, que a esta hora caminan por la playa, y las envidio porque están tan vivas como yo, pero tranquilas, allá van.
Muchas personas que conozco, incluso de mi amistad, viven convencidas de que están en el lugar correcto, del que, además, nunca se irán. (8)

Volvía de la playa hacia la hostería, tratando de sosegar a la masa encefálica que rodeaba a la lenteja, quiero decir, trataba de sosegarme entera, poder parar de temblar o parar de pensar y hacer algo simple como si estuviera en el lugar correcto.
Recuerdo épocas en las que podía hacer una torta, coser algo roto, pintar un cuadro. Digo recuerdo, pero no es verdad, lo que hacía casi la mayor parte del día era morir con la boca abierta y mirar el cielo anonadada.
Envidio, reitero, a los seres que tienen cerebros pequeños. (9)
Ya en mi cuarto, escuche un ruido, golpeaban la puerta.
-¿Sí?...-. Dije.
-Vengo a traerle toallas, señora-.
Abrí obnubilada por mis pensamientos, cuando entró esa bestia apuntándome con un revólver, me apretó la garganta haciéndome doler la tráquea. Lo miré espantada y él dijo:
-Callate y dame toda la guita concheta de mierda-.
Concheta yo.
Sentí que la orina descendía por mis piernas con olor fuerte. Transpirando y temblando le señalé un cajón y él, sin dejar de apuntarme, lo abrió introduciendo en el bolsillo mis cuatrocientos dólares, mi cadena de oro con su cruz y el reloj. (10)
Recordaba ese rostro, lo había visto aquella mañana, cuando me dirigía a la playa. Vestía un mameluco de jean y pintaba de verde una reja.
Me había llamado la atención el mameluco en su cuerpo gordo, amarronado y con marcas de granos en el rostro. (11)
Percibía su odio hacia mi existencia acomodada y me puse de su parte inmediatamente. El revólver apuntaba a mi garganta, pero yo, movida por su justa causa, levanté la mano para palmear su hombro y decirle que estaba bien, que se llevara lo que quisiera, que no lo iba a denunciar. (12)
El siguiente paso fue abrir los ojos en un cuarto de hospital. El respirador me molestaba mucho, no quería un aparato que me respirara adentro. Luego la nada. Otra vez los ojos abiertos, una enfermera me inyectaba algo y pasaba el dolor. Volví a abrí los ojos, sentí la cabeza vendada, recordaba el robo. Dormir.

El disparo me rompió la oreja y no se pudo arreglar, además quedé sorda de ese lado pero no me importaba, a la mañana siguiente me volvía a casa.

Sentada frente a la ventana de mi dormitorio reflexioné acerca de todo lo que me había ocurrido. Había vivido algo concreto e interesante, como cualquier otro animal en su hábitat. El tipo no me había violado, sólo quería la plata, disparó y me voló una oreja porque no entendió mi gesto amistoso.
Reconstruí la escena milimétricamente y de repente algo se aclaró en mis pensamientos: antes del robo, yo no me estaba muriendo, sólo había dejado de vivir… (13)
Compré un arma pequeña, me acostumbré a llevarla en la cartera, mirarla a cada rato, imaginar mi puntería amateur. Pasé tardes enteras observando mi imagen en el espejo apuntando con el revólver hasta que me pareció natural.

El verano siguiente fui al mismo lugar donde había ocurrido el robo, tomé una habitación con vista al mar, practiqué posturas de tiro que había visto en películas buscando sentirme integrada y coherente con el arma y luego salí a la calle. (14)
Di varias vueltas al pueblo costero hasta que lo vi. El grandote que me había dejado sin oreja estaba dentro de una casa tomando mate, de espaldas a una ventana. Me acerqué lentamente, la ventana estaba abierta, metí la mano con el arma hasta tocar su nuca, él se dio vuelta despacio al sentir la fría dureza sobre su piel, yo ya estaba adentro, presa de una velocidad de acción desconocida.
Mi mano libre lo apuntaba con el dedo en un gesto admonitorio. Era consciente de mis cejas levantadas, de la media sonrisa irónica que me salía como una luz que le diera claridad a un cuarto oscuro. (15)
-¿Y ahora? ¿Eh, boludo?-
-¿Qué querés?- dijo, no pudiendo creer lo que veía.
-Todo- le dije -todo lo que hay-.
Me dio la billetera sucia pero con algo de plata, un discman, su linterna y un reloj, el mío.
Su lengua sacó un bulto en la mejilla izquierda y achicó los ojos. Mi arma apuntaba a su entrecejo.
-No tires loca-.
Me sentía brillante de excitación, con las cejas cada vez más levantadas y una sonrisa extática, atenta al gatillo, a sus palabras y mínimos gestos o intenciones:
-Si jodes tiro-. (16)
-Dale loca, seamos socios- dijo, y me pareció que quiso dar un paso, disparé.
Los dos miramos el agujero en la pared y la caída del almanaque. Me empecé a reír y reír sin poder parar. El sonreía poco, medio como un idiota y me miraba con los ojos vidriosos mientras se pasaba una mano por la frente.

Al día siguiente, mientras tomábamos mate en la playa, miré el mar, al horizonte, y me di cuenta de que si alguien mirase desde allí, yo parecería un puntito más de los que hay en la playa. (17)
Hicimos un par de asaltos juntos y, en medio de toda esa violencia, la confianza mutua resultaba un pacto de lealtad. Pero no duró mucho el entusiasmo, quizás debido a sus granos, no lo sé. Comencé a sentir que la vida se alejaba nuevamente de mí, como de un tajo en la muñeca dentro de una bañera con agua caliente.
Empecé a languidecer por dentro y, cada dos por tres, salía mi pequeña identidad incorpórea dejándome vacía como una cáscara de huevo abandonada. (18)

Una mañana en la que conseguí despertarme liviana como una flor, me puse la camisa sobre la malla y bajé a la orilla para caminar.
Luego, mientras descansaba tendida sobre la arena, escuché pasos; incorporándome a medias lo veo venir hacia mí con su rostro oscuro y feo. (19)
-Loca, hoy llegan turistas nuevos, con plata en el bolsillo-.
Guiñó un ojo y me tendió su mano para que me levantara de la lona colorida que me contenía como una isla en ese abismo de arena. Me puse de pie, lo miré a los ojos y le dije -no puedo Negro, es por la lenteja ¿sabes?-. (20)
El, rascándose la cabeza como un mono, preguntó -¿La qué?- y poniendo la misma cara de cuando yo lo afané, la lengua haciendo un bulto en la mejilla y los ojos achicados, agregó -¿qué tiene que ver el guiso con la diversión, loca? Dale, te espero en casa a las once, unos mates, calzamos los chumbos y joda!-. (21)
Se fue dando por sentado que yo iría.

Miré a esa mujer de pie sobre la lona como un náufrago, a su alrededor, el mundo estaba a punto de tragársela. Era tan pequeña que podía ser devorada por el aire. (22)
A las once fui a buscarlo sabiendo que era la última vez que jugábamos juntos. (23)
Subimos a la camioneta después de comer, mi estómago temblaba e hipaba descontrolado. Le sonreí, me guiñó un ojo, puso su mano en mi entrepierna en un acercamiento cómplice, nada personal.
Dos perros pasaron ante mi vista mientras uno le olía el trasero al otro y luego trotaron juntos perdiéndose entre los tarros de la basura. (24)
Llegamos a la casa, bajamos sin hacer ruido y nos apretamos contra la pared, tratando de mirar lo que hacían los nuevos veraneantes.
La ventana dejaba ver una familia alrededor de la mesa. Ella, una flaca lacia con un buen traste y gesto trompudo, servía algo de una fuente. El tirando a grandote, alto, de pies y manos chicas, ojos pequeños e infantiles, le sonreía a la nena de dedo en la nariz y cuerpo gordito. El nene frotaba, absorto, ida y vuelta un autito contra los cerámicos.
De golpe, sin avisar, el Negro irrumpió por la ventana gritando -Abríme la puerta o te quemo desde acá!-
La mina, en cámara lenta, abrió mirando con terror al Negro hasta que me vio. En ese momento su rostro cambió ligeramente a una sonrisa incrédula, pero no dijo nada.
Yo exprimía mi cerebro que, ahora con el diskette cambiado, no podía recordar de dónde la conocía, mientras que, con manos temblorosas, buscaba billeteras, bultos con dinero y joyas en los lugares que el marido señalaba. (25)
Sin gritos ni violencia innecesaria los desvalijamos. Salimos, subimos a la camioneta y el Negro, contento, me pegó un codazo -¿viste las caras?- dijo, mientras contaba lo robado: -Mil pesos, más las joyas que no son pocas, ¿te querés casar conmigo?-
-Soy casada- le dije.
Me miró con la boca abierta y húmeda -¿y que haces sola robando con otro?, te va a matar tu marido loca-.
No entendía nada el Negro -Hasta acá está bien, mañana me voy a Buenos Aires-.dije.
-¿Por?-
-No sé, y además esa mina me reconoció. (26)
-¿Quién te conoce a vos, rayada?-
El Negro me levantó el mechón de pelo que tapaba lo que hace sólo un año era mi oreja derecha, tomó mi cara entre sus manos enormes y me estampó un beso de lengua que logró que casi vomitara todo el contenido de mi estómago. -¿A ver si todavía, en vez de socia, me conviene más tenerte de rehén?-. (27)
Ante los bruscos movimientos nuestros, el coche se salió de su carril, mordió la banquina y volcamos dando varias vueltas.

Cuando desperté, en realidad cuando volví a tener conciencia de mí, estaba fuera de mi cuerpo, observándolo desde arriba, muy vendado, en especial la cabeza, de la que salían tubos de varios grosores. Mi identidad de ese momento era “La Lenteja”.
Fui recorriendo el hospital hasta que di con el Negro, se había muerto, estaba tapado hasta la cabeza con una sábana.
Más tarde apareció la mina culona del afano y preguntó por mí. Fue entonces que la reconocí, era mi psicoanalista.
La Lenteja se expandía en un estado de inefable hilaridad, mientras mi terapeuta se dirigía hacia la habitación donde se hallaba mi cuerpo.
Mirando consternada ese envoltorio de gasa y tubos, trató de explicar, en términos psiquiátricos, quién era esa mujer vendada y con una lenteja afuera, a un policía que custodiaba la puerta. De pronto rompió a llorar diciendo: -pensar que le estaba por dar el alta- y él, mirando de reojo, acotó -de baja le vamo¨ a dar-. (28)

Después de salir del hospital, previo papeleos legales y explicaciones, como yo no había matado a nadie, mi terapeuta había retirado los cargos y nada más se me pudo comprobar, volví a Buenos Aires, me divorcié, me mudé y traté de vivir. (29)

Volvieron las vacaciones y de nuevo me encontraba mirando el mar.
El enervante martillar de una cercana obra en construcción me llenaba de odio hacia la humanidad invasora de paisajes perfectos. (30)
Me recosté sobre la arena húmeda, apenas lloviznaba; casi me dormía cuando escuché el quebrar de una rama seca a mi lado, abrí un ojo sin levantar la cabeza y ví a un pibe revolviendo mi bolso.
Como una serpiente lo tomé del tobillo con fuerza brutal, el chico intentó huir, lo agarré del pelo y sin pensar le di una trompada en plena cara. La furia me dominaba deteniendo mi respiración mientras el corazón latía con la fuerza de un tambor, el puño cerrado se me había llenado de sangre; el chico cayó como muerto al suelo con mi monedero apretado entre sus dedos que, lentamente, se fueron aflojando hasta soltarlo. Recorrí la playa con los ojos, estábamos solos, a lo lejos caminaban algunas personas, lo demás eran gaviotas y la lluvia cayendo silenciosa.
Fui a la orilla a lavarme y al volver el pibe incorporándose con la cara entre las manos, estaba llorando con sangre en la nariz.
Sentí deseos de pegarle una patada, harta de que me agredieran con los robos y la violencia, harta.
El lloraba sin levantar los ojos. A esta altura la ira me recorría como un vendaval, lo tomé de la remera haciendo un torniquete con la tela y lo revoleé por el aire arrojándolo sobre el médano. Me quedé parada, los brazos en jarra con ganas de gritar como Tarzán.
Ese chico era la humanidad a mis pies, con su indefensión, corrupción y necesidad, su peligrosidad y su miedo. Un bicho asqueroso, un monstruo que quiso robar mi monedero, con todo lo que a mí me había pasado.
Me acerqué para revolearlo de nuevo, él se levantó de un salto y hundió su cabeza en mi estómago dejándome sin aliento, luchamos con uñas y dientes, con una mano consiguió agarrar toda mi cara y la comenzó a empujar hacia atrás como si fuera a arrancármela del cuello, tuve que soltar su pelo de mis puños cerrados y ambos caímos al suelo. (31)
Yo comencé a reír espasmódicamente y luego a llorar, mientras el chico se sentaba cerca evaluando sus machucones y limpiando con el brazo los restos de sangre de su cara. Nos miramos.
El absurdo bajó silencioso hasta cubrirnos completamente. (32)
-¿Cuántos años tenés?- pregunté más calmada.
-Once, ¿y vos?-.
-Cuarenta y dos - dije a regañadientes.
-Nunca me atacan cuando robo, me tienen miedo y se dejan- dijo.
-A mi me revienta, quiero vivir tranquila-.
Me miró con unos tremendos ojos claros y dijo -Vivir tranquila con mi plata...-
-¿Tu qué, mocoso de mierda?-. Ya lo iba a trompear, cuando me dijo -Vení, vamos.
Me puse la camisa y lo seguí por las callecitas descuajeringadas, alejándonos de la zona de hoteles. Llegamos a una puerta de garaje, con persianas bajas y descascaradas, en la que había una abertura chica, entramos en cuatro patas. El olor a humano sin aditivos ni conservantes me dio tanta vergüenza que no me atreví a levantar los ojos por un rato. (33)
Cuando pude, miré. Una vieja, gorda en algunas partes y flaca en otras, me miraba como si yo midiera tres metros de alto. -¿Quién es ésta, Roque?- preguntó afónica.
Dos nenes, abrigados por demás, se acurrucaban en una cama mientras chupaban trozos de galletas duras.
El chico, señalando a la vieja, me explicó: -Me dijo que vaya a buscar plata para nosotros, nuestra plata para comer-, resaltó.
Miré a la mujer y ella señaló sus pies hinchados y rojos y me hizo un gesto de impotencia con las dos manos. Entonces me di cuenta de que no era una vieja, tendría más o menos mi edad. Me invadió un espanto incontrolable, tiré al piso toda la plata que llevaba y salí disparando hacia la calle y no paré de correr hasta llegar al hotel. (34)

Me bañé, me lavé el pelo y, maquillada, bajé a cenar, había conseguido ser yo misma de nuevo y la lenteja se balanceaba suave dentro de mi cabeza.
A la mañana siguiente, ya en la playa y tratando de olvidar el episodio del día anterior, vienen hacia mí, como una comparsa, Roque con Juana, su madre, y los dos nenes, traían un bolso rotoso con un termo, mate y bombilla, se pararon a dos metros y se quedaron mirando a la loca del día anterior.
Los invité a sentarse conmigo y, aceptando sumisos, sacaron sus petates y nos pusimos a tomar mate mirándonos en silencio.
Después hablamos y resultó ser que el Negro era hermano de Juana y único sostén de la familia. Entonces yo, para ellos, era una especie de tía fallida y responsable, en alguna medida, de sus padecimientos. Después de todo, el Negro se había muerto conmigo y ellos pensaban que yo tenía la plata del robo.
¿Cómo explicarles la devolución forzada y legal de todo el dinero a mi analista, que tan amablemente alegó ante un abogado que yo no estaba en mis cabales, y no sé qué otra cosa, con lo cual pude quedar en libertad sin mucho problema? (35)
¡¿Cómo explicar?! Esa plata era de ellos, del trabajo del Negro: robar a los veraneantes ricos.
El Negro robaba para comer y para divertirse, afanaba sin matar, algún trompazo corto al que se retobaba y punto, al bolso. Salvo a mí que casi me mata, claro. (36)
La plata tiene que circular por todas partes pensé, con más justicia, así que, en un momento, armamos un plan con Juana. Roque, boquiabierto, me miraba como yo miraba, de chica,”La mujer biónica”. (37)
A la noche siguiente teníamos a Juana sentada en una silla de ruedas. Los nenes de cinco y siete años se quedaron durmiendo después de comer una polenta que preparé yo.
Salimos con Juana en la silla y Roque. Libre de mí misma, miré a mis nuevos amigos con ganas de vivir.
El entusiasmo de mi nueva actividad, por completo dedicada a la supervivencia, me hacía sentir una leona buscando presa para su cría. La noche ocultaba y acompañaba a la sigilosa y primaria pulsión: cazar para comer. (38)
Revólver en mano, Roque empujando a Juana en su silla de inválida, sobria y patética, caminábamos por las calles oscuras.
En esa zona había pocas casas, dentro de una de ellas se encontraba una familia de recién llegados ordenando roperos, pasando trapos a los muebles, muy tranquilos y felices de estar comenzando sus vacaciones... si conocía yo esa sensación.
Para Roque y Juana eso no estaba en ningún programa, lo que les importaba era comer, no relajarse.
Pusimos a Juana frente a la puerta con su cara de vieja sufrida y a Roque detrás. Golpeé fuerte a la puerta escondiendo el arma en el bolsillo.
-¿Sí?- dicen desde adentro.
-¿Por favor, se puede asomar?- contestó Juana con un tono armonioso.
Una mujer sacó la cabeza por la ventana y observó al trío iluminado suavemente por la luz del porche: un cuadro, en ocres, de la inocencia y la desvalidez. Juana, sentada en la silla de ruedas con los pies descalzos y magullados, lucía conmovedora.
La mujer, solícita, abrió la puerta y asomó un rostro con ojos interrogantes y sonrisa social, Roque dijo -Mi mamá no puede trabajar, somos yo y dos hermanitos más, ¿nos daría algo para comer?-
En ese momento le pegué una patada a la puerta entreabierta y apunté el revólver al rostro habituado a gestos de confianza, a un mundo donde todos somos buenos y decimos “gracias” y “por favor”. Un vozarrón, desconocido por mí, me inundó la garganta y salió sonoro y golpeando las paredes internas de mi cráneo:
-¡Todos al piso, necesitamos plata para comer!-
Y ahí nomás me empecé a reír a carcajadas, me tuve que sentar en una silla, me oriné sobrepasada por lo que estaba haciendo, no lo podía creer. Juana y Roque me miraban desesperados, pensé: soy una idiota, no tengo arreglo, este planeta no es para mí.(39) La que nos había abierto la puerta miraba a sus compañeros inmovilizados de miedo, mi chumbo no era chiste, me reía pero los apuntaba. En el chalet había otra mujer morocha, dos tipos panzones y canosos y varios pibes jugando a los gritos en otro cuarto. Afuera el viento, la noche, cercana la playa, a una cuadra más o menos, otras casitas lindas y paquetas.
Me acordé de los abogados, la comisaría... “no, otra vez no”; (40) miré a uno de los panzones, que hasta el momento no se habían movido, y le dije nauseosa
-Estoy vaciándome-.
Me miró e hizo gestos de no entender con la cabeza.
-Se me está yendo la vida -¿me entendés?- insistí.
Miró al otro, se miraron con las mujeres y trabado por el miedo dijo:
-Sí claro, no te pongas nerviosa - Debe haber pensado que yo era loca. (41)
Imprevistamente, Juana se puso de pie, caminó hacia mí y, sacándome el chumbo de la mano, gritó -¡Todos al piso!- y empezó a guardar dinero en la bolsa que había llevado, la misma que tenía en la playa con el termo.
Diez minutos por reloj, ella y Roque parecían máquinas de afanar trabajando a gran velocidad. Yo me senté en la silla de ruedas, estaba helada.
Al rato, con Roque empujando la silla y Juana detrás, cerramos la puerta y nos fuimos, no sin antes cortar el cable del teléfono.
-¿Qué te pasó?- me preguntó Juana, furiosa.
-Me acordé de mi ex y se me aflojaron las piernas, además, sentí que se me iba la lenteja, como antes- contesté mejorando mi ánimo y poniéndome de pie para sentarla a ella y así poder ir más rápido. Roque arrastraba el bolso con el botín y se quejaba de tener una piedra en la zapatilla, al final le di un trompis para que se callara y él refunfuñó rascándose la cabeza.
Al llegar a la casa de Juana pasamos por la puertita y nos sentamos ante la mesa desvencijada, en ese momento los nenes se levantaron somnolientos y con hambre -¿trajeron comida?- preguntó el más grandecito. -Mañana nene- contestó Roque. -¿Cuándo es mañana mamá?- Juana, nerviosa, dijo que mañana era cuando saliera el sol.
Contamos la plata: tres mil dólares y quinientos setenta y cuatro pesos, objetos que se robó Roque sin valor alguno y un sobre con tarjetas de crédito.
Felices y agotados se acostaron uno junto al otro, como gatos, y se durmieron. Yo los miraba mientras las lágrimas corrían por mis ojos. Me levanté y me fui para el hotel apenas despuntó el sol. (42)

Mientras mordía tostadas con dulce y café pensé que Roque y su madre habrían llenado la casa de víveres, Juana tendría zapatillas blandas y amplias para sus pies enfermos y rogué a Dios que la policía no buscara por allí. Por el momento veníamos zafando bien, y con esa plata ellos tenían para comer durante un año. Pensé en mi cuenta bancaria, el alquiler del departamento de Belgrano, los plazos fijos; para mí, comer era una palabra sin angustia, casi tan simple como respirar, nunca me cuestioné de dónde sacaba aire para respirar, comida tampoco. Ellos, con tres mil, comían un año. (43)
Me volví a Buenos Aires, todo en orden. Como había sido un robo chico y sin tiros nadie le dio demasiada importancia.

Una tarde tomaba el té en Recoleta con dos amigas supertostadas. Natalia lucía una plástica ajustadita a la mandíbula que le daba un aire a Geraldine Chaplin, Alejandra estaba gorda y lustrosa debido a los montículos de colágeno alojados en sus pómulos. Yo, verde y flaca, no había tomado sol en estas vacaciones y no fui en cana de milagro. (44)
Alejandra me dijo preocupada:
-Lucía... ¿vos fuiste al médico últimamente?-. Como yo sabía a dónde apuntaba, y que decía médico en lugar de psiquiatra, porque sabe que odio que se dude de mi lucidez, con indiferencia dije -Sí ¿por?-
-Estás demacrada pichona- me contestó mirando de reojo a Natalia. Asocié ”pichona” con el tiro a la paloma y me acordé, de golpe, que tenía el chumbo en la cartera. (45)
-Es que estuve muy ocupada- susurré.
-¿En las vacaciones?- preguntó Natalia extrañada.
-Sí, me surgió una idea de trabajar en el verano en la costa, con un grupo de gente muy piola- les dije, mientras recordaba los rostros hambrientos del grupo.
Ale, muy interesada, quiso saber más. -¿En qué, che?-
-Comida- dije cortante y dispuesta a terminar con el tema, además la lenteja me daba vueltas adentro, lista para salir; me paré tambaleante y rumbeé para el baño. Me equivoqué y entré al de hombres pero sólo me di cuenta cuando entró uno.
Me escondí detrás de una puerta, el tipo se puso a orinar y yo, de puro chiflada, aparecí con el revólver y le pedí, amablemente, la billetera. Me la dio, le dije que mirara su reloj y que hasta que no pasaran diez minutos bien contados, no se le ocurriera salir del baño porque lo iba a quemar un colega que estaba afuera.
Salí con agilidad, besé a mis amigas atragantadas con torta, que levantaban las manos tratando de detenerme para preguntarme por qué me iba tan apurada, y huí. (46)
A la noche, con mi lenteja flotante colocada, después de haber enviado por correo la billetera a Juana, me senté a ver por televisión un documental.
Al rato llamó Alejandra para contarme que una mina había asaltado a un tipo en el baño de hombres del bar donde habíamos estado juntas.
-¡Qué barbaridad! Ya no se puede ni tomar un té tranquila; ¿decíme, vos no viste nada, Lucía?, porque fue más o menos cuando vos te fuiste al baño -.
-No Ale, no he visto nada-.
-¿Y por qué te fuiste tan apurada?-
-Porque al hacer pis me olvidé de bajarme la bombacha, entonces, como estaba empapada, no quise dar explicaciones humillantes-.
No esperé a escuchar su respuesta, corté.
Meses después fui y me instalé en casa de Juana, pensando dedicarme al chumbo, sudor y lágrimas. Me enamoré de esa familia necesitada de una tía gamba.
Hago la señal de la cruz y le rezo un Ave María al Negro para que nos ayude, sin matar a nadie en lo posible, a hacer circular la guita por todas partes. (47)

FIN



Aclaración:
En la interpretación de las imágenes del cuento, me expreso en términos de polaridades transpersonales, refiriéndome a polaridad directa o inversa de los mismos.
Se trata de un tema muy extenso que puede profundizarse en los apuntes de Eugenio Carutti.
Ciertas configuraciones en las que interviene Plutón Plutón, Neptuno Neptuno y Urano Urano , se manifestan en su versión directa, es decir activada por el propio sujeto y sus circunstancias o inversa en la que el individuo es llevado por el “destino” y su entorno, a vivenciar o no la potencia del planeta transpersonal en cuestión.

Una lectura astrológica de “Hacer el bien”:

  1. Mirada virginiana Virgo captando detalles sutiles del paisaje, valorando lo mínimo necesario y útil.
  2. Dosis extra de Neptuno Neptuno en la inmensa sensibilidad y Urano Urano en la capacidad de tomar distancia de esa misma sensibilidad.
  3. Piscis Piscis en la devoción por la naturaleza por un lado y en la sensación de disolución por el otro
  4. Piscis Piscis en la ausencia de sensación de cuerpo concreto, con distancias laxas sin borde, extremadamente difíciles de percibir como un continuum. Y Luna Urano Luna Urano que incrementa el extrañamiento de sí.
  5. Polaridad neptuniana extrema, se siente ir, finalizar el ciclo de la vida
  6. Neptuno Neptuno directo y la luna en Aire.
  7. “La lenteja” podría ser un “yo” Mercurial Mercurio como regente del Sol Virgo Virgo y de Luna Géminis Géminis, un recurso de “emergencia” para salir de la invasión Neptuno, y actuando la polaridad Virgo Piscis Virgo Piscis
  8. Virgo Virgo, Saturno Saturno semicuadratura Sol Sol
  9. Virgo tomado por polaridad Neptuniana directa y la disociación Uraniana, Aire
  10. Escena de irrupción plutoniana Marte semicuadratura Plutón “desde afuera”, es decir en sombra para la protagonista. Teniendo en cuenta que la semicuadratura con un transpersonal es de difícil acceso a la conciencia.
  11. Virgo Virgo escrutando y criticando todos los detalles
  12. Júpiter Júpiter conjunción Neptuno Neptuno proyectado en casa VII y su largo viaje al ascendente Piscis, reaccionando ante Marte Plutón Marte Plutón materializado ”afuera” y por lo tanto irreconocible. Mezcla de mucho Urano, Aire y Neptuno directo.
  13. Saturno Saturno aparece como “destino” en una estructura anegada por Neptuno Neptuno y disociada por Aire y Urano Urano. Luego pasa a Virgo Virgo con integración de Saturno Saturno y el encuentro con el propio Marte/ Plutón Marte Plutón. Por supuesto de acuerdo al juego de situaciones de este cuento.
  14. Virgo Virgo infiltrado por energía neptuniana, hace planes acordes con Luna Marte Urano Luna Marte Urano
  15. Luna Marte en Aire con polaridad uraniana directa, en salsa de polaridad neptuniana inversa.
  16. Luna Géminis Géminis se asocia con Marte, Marte Urano Marte Urano y Marte Plutón Marte Plutón Urano directo, operando desde Marte Marte.
  17. Repolariza de Neptuno Neptuno a Mercurio Mercurio
  18. Reaparece polaridad directa de Neptuno, en la que Urano conecta con el vacío absoluto. El elemento Aire es dueño en este sistema de energías, lejos, abstracto, mental, opera llevando la energía Neptuniana a limites de dilución en la nada, no en lo afectivo o en lo simbiótico, como sería en el caso del elemento Agua, sino en un nivel de abstracción muy alto.
  19. Matiz Libra Libra con Virgo Mercurio Virgo Mercurio escrutando.
  20. Virgo con Saturno Saturno, discrimina niveles de realidad, toma contacto con la situación.
  21. Marte Plutón Marte Plutón en la figura del “otro”.
  22. Escena Luna Urano Luna Urano, en una polaridad neptuniana directa. El observador de la escena es un Sol en Sombra.
  23. Saturno Saturno operando como se puede en ese momento energético y contexto situacional, que se despliega mucho más allá del Yo
  24. Pluton en sombra Plutón (nada personal), ausente de su propia pulsión.
  25. Neptuno directo en la situación generada e inverso en la velocidad de acción, ella hace cosas concretas, mientras la sombra cambia rápidamente de polaridad y va generando lo que sucederá luego.
  26. Neptuno Neptuno polaridad inversa, Sol Virgo
  27. Pluton de ella en sombra, lo oscuro le sucede, mientras ellá esta en su burbuja neptuniana.
  28. Saturno Saturno se impone a una Luna Urano Luna Urano exaltada y obnubilada por la polaridad neptuniana imperante.
  29. Neptuno se pone inverso y Mercurio Mercurio ordena sus cosas, con lo cual aparece una dosis de Saturno integrado
  30. Luna Marte Urano Luna Marte Urano reacciona ante la interrupción de la escena Jupiteriana Júpiter, vacaciones, la playa y de pronto el ruido insoportable.
  31. Escena donde se desata la furia Marte Urano, en exaltación maníaca, y Marte Plutón, de un modo emocional, asumido y por lo tanto en polaridad directa.
  32. Conciencia desde una incorporación de Saturno Saturno y del Sol Sol
  33. Pudor y pulcritud virginiana
  34. Enfrentamiento con la sombra, la desvalidez extrema en su versión material, la miseria, la pobreza Neptuno Saturno
  35. Saturno Saturno dando un marco a lo vivido. Virgo Virgo ordena la situación. Mercurio Mercurio semic. Neptuno Neptuno, funciona en una lógica al borde del acantilado que da al mar pisciano.
  36. Júpiter Neptuno en VII, el personaje del Negro (todo es posible, no hay Saturno ante los deseos absolutos y planes desmedidos)
  37. La protagonista toma a su cargo Júpiter Neptuno que a su vez esta en cuadratura con Marte Júpiter Marte
  38. Incorpora, es decir, vive desde sí, a Marte-Plutón Marte Plutón su vitalidad y pulsión por sobrevivir, y a Júpiter, buscando un sentido para su vida. Marte Júpiter
  39. Luego del impulso Marte Urano, y no olvidemos que Marte esta en semicuadratura con Plutón, retorna Luna Urano se produce el corte y Neptuno invade todo nuevamente.
  40. Recuerdos de Saturno Saturno
  41. Lógica imbuida de Urano, es decir sin lógica alguna
  42. La protagonista está en una “realidad” neptuniana donde alternativamente vive Saturno y Luna. Júpiter y Neptuno piloteando un sentido de la vida muy particular. No hay un Saturno real, por más que se trate de un cuento, en la historia el personaje vive entre Piscis y Luna Urano, el resto de las funciones se expresan sólo dentro del contexto planteado por la polaridad Uraniana y Neptuniana.
  43. Integra Saturno, realidad social, algo se despeja en su Piscis masivo.
  44. Venus Saturno Venus Saturno proyectado en las amigas, “obligadas” por Saturno a ser bellas, Venus.
  45. Marte Urano, Luna Urano, Mercurio Mercurio activadísimo.
  46. Nuevamente Piscis en desborde en un contexto donde Marte Plutón actúa desconectado de la conciencia, en sombra, y lo mercurial como regente de los luminares, opera dentro de “lógicas” urano/neptunianas.
  47. Proyecta Júpiter Neptuno directo, con Marte-Plutón incorporado, Luna Urano en polaridad directa.
    Y tomando la edad de Lucía la protagonista podemos inferir que estaba con el ciclo de Urano en su fase de oposición consigo mismo, con una gran crisis de identidad, que posibilita su divorcio y un giro completo a su mirada del mundo y sus leyes.

2 Comentarios

aleja_merlo@yahoo.com.ar (20.Nov.2008 @ 22:49 gmt) dijo,
Estimada colega: hace años que doy clases de psicoastrología a Psicólogas que están creciendo en este estudio a pasos agigantados y tus cuentos me han "encantado para graficar...desearía contar con más. Ya analizamos celebrar y fue 10! Cariños alejandra
Eli Serebrenik (24.Nov.2008 @ 02:19 gmt) dijo,
Muchas gracias Alejandra, me entusiasma que mis cuentos séan útiles para graficar tus clases.
Hace unos días venía dudando en seguir poniendo cuentos...
Es justo lo que necesitaba para continuar con ello.
Cariños
Eli